Estimados amigos, este blog esta dedicado para todos los chavistas que odien el sistema capitalista y para aquellos que apoyan incondicionalmente el comunismo con servicios medicos gratis como Suiza y Cuba. En este blog vamos a proponer los libros de filosofia que hay que estudiar para educar a los chavistas sobre como la filosofia puede convertir a America Latina en un Suiza
Tuesday, June 5, 2007
La Teoría Martín sobre el Aburrimiento
Un sábado, sentados en una terraza del Sardinero, mi amigo Fernando Martín (alias “el médico”) me explicó su teoría sobre el cambio. Al parecer, cada vez que nos enfrentamos a una nueva actividad, desde que adquirimos las destrezas básicas, logramos dominarla y finalmente nos hastiamos, transcurren unos diez años. Éste sería, según él, el periodo al que podemos dedicarnos —productivamente, claro— a una tarea concreta. Y él, por lo que me contó, lo ha llevado a rajatabla, emprendiendo un nuevo desafío cada década.Me pasé el resto del fin de semana dándole vueltas al asunto: ¿Diez años? ¿Cómo es posible? Si yo no he aguantado ni cuatro, en mi vida: todo me aburre antes. Claro que yo soy un culo de mal asiento, pero enseguida ví que esa teoría debía de tener una clara base científica.Busqué en la biblioteca algún estudio sobre el asunto, pero mis limitados conocimientos de la materia no eran un buen punto de partida. Aunque —estoy convencido— alguien habrá estudiado este fenómeno. Y es que tiene su interés:¿Por qué un futbolista de veintiséis, veintisiete años, que aún no ha alcanzado su mejor momento, sufre un bajón espectacular en su rendimiento —generalmente, en proporción directa a lo que cobra por temporada—? Encaja con el plazo de la década, según la Teoría Martín del Aburrimiento: si comienza a jugar semiprofesionalmente, a recibir elogios y a ganar dinero a los dieciséis o diecisiete años, está ya harto del fútbol antes de cumplir los treinta.La famosa “crisis de los cuarenta” también tendría su espacio en esta hipótesis: diez años de matrimonio, de cuidar críos, de pagar hipotecas… es demasiado alimento para la “deserción cívica” que alimentó tantas películas cutres de los setenta, con Landas y Estesos persiguiendo suecas.Pero también encaja otra crisis, mucho más actual, la de los “treinta años”. Hoy día, que prolongamos la adolescencia prácticamente hasta la jubilación, no es de extrañar el shock que sufren ellos y ellas al comprobar que su carné dice ya “treinta”, y llevan diez años igual, todos los días de fiesta, y lo que es peor, malviviendo entre becas y contratos basura.Y es que todo aburre. Hasta lo más insospechado. ¿Quién iba a pensar que Nacho Vidal se jubilaría? Pero hay que comprenderlo: diez años de sacrificio, machacándose en el gimnasio, cuidando hasta el más mínimo detalle para poder dar luego la talla… es demasiado para cualquiera. ¡Lo que habrá tenido que sufrir ese hombre!Y podría seguir enumerando ejemplos, pero no es cuestión de abusar de la paciencia ajena, porque seguro que existe alguna teoría que defienda la necesidad de cambiar de tema después de quinientas palabras seguidas. Así pues, mañana más.
El aburrimiento
Ayudado a empezar por el diccionario, como otros días, leo que el aburrimiento es cansancio, fastidio, tedio, originados generalmente por disgustos o molestias, o por no contar con algo que distraiga y divierta. Esperaba la segunda parte relativa a la distracción, pero no ese "cansancio" causado por disgustos. Imagino que se refiere a cuando mi madre me decía "¡Ven a comer de una vez, aburrida me tienes!", aunque más que aburrida estaba harta (y con razón) de no verme sentado a la mesa a la hora.
Pero centrémonos en el aburrimiento entendido como falta de distracción o diversión. Abramos un poco la perspectiva para ver el contexto correcto del problema. Para que haya aburrimiento tiene que haber tiempo de ocio, y si la vida está centrada en la supervivencia, no hay ocio posible. Por tanto cuando la preocupación principal es mantener la vida, ya sea la propia o las de seres próximos, no hay tiempo para aburrirse ni para distraerse.
No se sabe de piedras ni plantas que se aburran, a pesar de estar toda la vida quietas en el mismo sitio. Los animales en su hábitat natural tampoco se aburren, están siempre demasiado ocupados buscando comida, evitando convertirse en comida, o perpetuando la especie. Sólo pueden aburrirse los animales de compañía y los encerrados en un zoo, al estar fuera de su entorno, sujetos al hombre.
En cuanto a la historia humana, el aburrimiento debió de surgir en el neolítico, cuando el ser humano dejó de ser nómada, adquirió un mínimo control sobre la naturaleza y pudo empezar a disfrutar de tiempo de ocio. Más tarde, imagino a reyes, nobles y demás élite social de los tiempos preindustriales, aburridos como ostras en sus palacios, con la vida resuelta a costa de oprimir a sus súbditos, orquestando guerras e insidias varias para distraerse un poco. Actualmente, no olvidemos que unos 3000 millones de seres humanos siguen anclados a los problemas de la supervivencia, sin ocio, aburrimiento, ni diversión posibles.
Cerremos el objetivo, ya estamos otra vez en el primer mundo, y la gente que se aburre a menudo se cuenta por millones. Me llama la atención especialmente quienes se enganchan a los deportes de riesgo como modo de vida. Alpinistas, apasionados de la velocidad, boxeadores... La adrenalina en vena como razón última de la existencia, de verdad que hacemos cosas raras los humanos. La vida cotidiana en las ciudades me aburre, leí hace poco a un participante del rally Dakar. Cuando alguno de ellos muere en un accidente es elevado socialmente a la categoría de héroe. No me alegra que alguien muera, pero ni una cosa ni la otra. La sociedad se equivoca aquí en su concepto de valentía y valor, como en tantas otras cosas, aunque esto nos desvía del tema.
En realidad el aburrimiento y la distracción pueden verse como dos caras de la misma moneda. Dos formas complementarias de dejar pasar el tren de la vida. Un círculo realimentado de inconsiencia. Aburrirse es no saber qué hacer con el momento presente, y distraerse es muchas veces usar el presente para escapar de nosotros mismos. Está claro que distraerse de vez en cuando es bueno y hasta recomendable, pero convertir todo nuestro tiempo de ocio en distracción no. Muchas veces el problema está en que el trabajo nos quita tantas energías que en el tiempo de ocio no tenemos energía para nada, y sólo nos apetece escapar de todo, huir de una realidad que nos oprime, no pensar en nada importante.
En el fondo el aburrimiento, como todos los sentimientos negativos, se alimenta del miedo. Nos aburrimos con nuestra pandilla, pero tenemos miedo a ampliar el círculo de amistades, por el miedo a perder las actuales y quedarnos sólos. Nos aburrimos con nuestra pareja, pero tenemos miedo de que al combatir ese aburrimiento, simplemente mostrando sinceramente nuestras inquietudes e intereses, podamos alterar el equilibrio y terminar perdiéndola. Nos aburrimos en el trabajo, pero tenemos miedo a perderlo. Otras veces trabajamos demasiado porque tenemos miedo a aburrirnos. Nos aburrimos en general con la vida que llevamos, pero tenemos miedo a cambiar de vida, o lo que es lo mismo, tenemos miedo a vivir.
El aburrimiento es un vacío existencial, una falta de sentido y propósito de nuestra existencia. Superado el nivel de la supervivencia, no sabemos qué hacer con el tiempo y la energía que la historia y nuestras condiciones de nacimiento nos han regalado. Y siempre hay mucho que hacer, sólo hay que abrir la conciencia lo suficiente para darnos cuenta de ello. Ninguna vida es toda ella color de rosa, pero cuando se vive intensamente no hay lugar para el aburrimiento. Y hay mil formas de vivir intensamente incluso teniendo la supervivencia asegurada, y sin necesidad de poner en riesgo esa supervivencia.
Personalmente casi no recuerdo la última vez que me sentí aburrido. En los últimos años he vivido la depresión, la ansiedad, el miedo a morir y a vivir, crisis de distintas profundidades, y por supuesto muchos momentos bellos, e incluso muchos momentos de distracción, pero lo que se dice aburrirme... En fin, espero no congregar en torno a este lugar a lectores aburridos, sino a seres que valoran la vida y encuentran aquí palabras e ideas que les conectan con su interior. Y que si alguien llega por aquí aburrido o aburrida encuentre algo útil para salir de ese estado del alma, tan moderno como innecesario.
Pero centrémonos en el aburrimiento entendido como falta de distracción o diversión. Abramos un poco la perspectiva para ver el contexto correcto del problema. Para que haya aburrimiento tiene que haber tiempo de ocio, y si la vida está centrada en la supervivencia, no hay ocio posible. Por tanto cuando la preocupación principal es mantener la vida, ya sea la propia o las de seres próximos, no hay tiempo para aburrirse ni para distraerse.
No se sabe de piedras ni plantas que se aburran, a pesar de estar toda la vida quietas en el mismo sitio. Los animales en su hábitat natural tampoco se aburren, están siempre demasiado ocupados buscando comida, evitando convertirse en comida, o perpetuando la especie. Sólo pueden aburrirse los animales de compañía y los encerrados en un zoo, al estar fuera de su entorno, sujetos al hombre.
En cuanto a la historia humana, el aburrimiento debió de surgir en el neolítico, cuando el ser humano dejó de ser nómada, adquirió un mínimo control sobre la naturaleza y pudo empezar a disfrutar de tiempo de ocio. Más tarde, imagino a reyes, nobles y demás élite social de los tiempos preindustriales, aburridos como ostras en sus palacios, con la vida resuelta a costa de oprimir a sus súbditos, orquestando guerras e insidias varias para distraerse un poco. Actualmente, no olvidemos que unos 3000 millones de seres humanos siguen anclados a los problemas de la supervivencia, sin ocio, aburrimiento, ni diversión posibles.
Cerremos el objetivo, ya estamos otra vez en el primer mundo, y la gente que se aburre a menudo se cuenta por millones. Me llama la atención especialmente quienes se enganchan a los deportes de riesgo como modo de vida. Alpinistas, apasionados de la velocidad, boxeadores... La adrenalina en vena como razón última de la existencia, de verdad que hacemos cosas raras los humanos. La vida cotidiana en las ciudades me aburre, leí hace poco a un participante del rally Dakar. Cuando alguno de ellos muere en un accidente es elevado socialmente a la categoría de héroe. No me alegra que alguien muera, pero ni una cosa ni la otra. La sociedad se equivoca aquí en su concepto de valentía y valor, como en tantas otras cosas, aunque esto nos desvía del tema.
En realidad el aburrimiento y la distracción pueden verse como dos caras de la misma moneda. Dos formas complementarias de dejar pasar el tren de la vida. Un círculo realimentado de inconsiencia. Aburrirse es no saber qué hacer con el momento presente, y distraerse es muchas veces usar el presente para escapar de nosotros mismos. Está claro que distraerse de vez en cuando es bueno y hasta recomendable, pero convertir todo nuestro tiempo de ocio en distracción no. Muchas veces el problema está en que el trabajo nos quita tantas energías que en el tiempo de ocio no tenemos energía para nada, y sólo nos apetece escapar de todo, huir de una realidad que nos oprime, no pensar en nada importante.
En el fondo el aburrimiento, como todos los sentimientos negativos, se alimenta del miedo. Nos aburrimos con nuestra pandilla, pero tenemos miedo a ampliar el círculo de amistades, por el miedo a perder las actuales y quedarnos sólos. Nos aburrimos con nuestra pareja, pero tenemos miedo de que al combatir ese aburrimiento, simplemente mostrando sinceramente nuestras inquietudes e intereses, podamos alterar el equilibrio y terminar perdiéndola. Nos aburrimos en el trabajo, pero tenemos miedo a perderlo. Otras veces trabajamos demasiado porque tenemos miedo a aburrirnos. Nos aburrimos en general con la vida que llevamos, pero tenemos miedo a cambiar de vida, o lo que es lo mismo, tenemos miedo a vivir.
El aburrimiento es un vacío existencial, una falta de sentido y propósito de nuestra existencia. Superado el nivel de la supervivencia, no sabemos qué hacer con el tiempo y la energía que la historia y nuestras condiciones de nacimiento nos han regalado. Y siempre hay mucho que hacer, sólo hay que abrir la conciencia lo suficiente para darnos cuenta de ello. Ninguna vida es toda ella color de rosa, pero cuando se vive intensamente no hay lugar para el aburrimiento. Y hay mil formas de vivir intensamente incluso teniendo la supervivencia asegurada, y sin necesidad de poner en riesgo esa supervivencia.
Personalmente casi no recuerdo la última vez que me sentí aburrido. En los últimos años he vivido la depresión, la ansiedad, el miedo a morir y a vivir, crisis de distintas profundidades, y por supuesto muchos momentos bellos, e incluso muchos momentos de distracción, pero lo que se dice aburrirme... En fin, espero no congregar en torno a este lugar a lectores aburridos, sino a seres que valoran la vida y encuentran aquí palabras e ideas que les conectan con su interior. Y que si alguien llega por aquí aburrido o aburrida encuentre algo útil para salir de ese estado del alma, tan moderno como innecesario.
Monday, June 4, 2007
Republica Dominicana: Una sociedad dividida, desunida y egocentrica !!
Una de las cosas que mas me deprime, mas pesimista me pone es que en esta sociedad dominicana no existe solidaridad, amistad, union, simpatia, honestidad entre los diversos grupos que hay en este infierno neoliberal. Y de ahi que tampoco puede ser posible un gran movimiento, un movimiento civico nacional unido hacia un proyecto alternativo de nacion que como objetivo tenga arreglar a este pais fallido de todas sus desgracias como: los apagones, el desempleo, los salarios africanos, las depresiones, y frustraciones que todos los dominicanos tenemos, porque la depresion es generalizada aqui en esta tierra
Saturday, June 2, 2007
Sobre el aburrimiento
Tomado de ArgumentsHace poco, hablando con un psiquiatra experimentado, me comentaba que muchos pacientes acuden a verle por problemas relacionados con el aburrimiento y con la falta de un sentido profundo para sus vidas. Me acordé de Victor Frankl y de lo que él llama vacío existencial o frustración existencial; también lo llama otras veces complejo de vacuidad: es decir, cuando uno se deja dominar por un sentimiento de tristeza al pensar que su existencia esta discurriendo sin sentido; y además sin esperanza, al valorar que no hay nada que pueda llenar su vacio existencial.
Freud opinaba que en el momento en que alguien se preguntaba por el sentido y el valor de la vida es que estaba enfermo (?); Frankl piensa más bien —y lo mismo pensamos otros muchos, aunque no seamos psiquiatras— que, al plantearse esa pregunta, el hombre sólo demuestra una cosa: que es hombre auténtico, pues ningún animal se ha planteado jamás la pregunta sobre el sentido de su existencia. Es propio del hombre —dice Frankl— no sólo preguntarse por el sentido de la vida, sino también poner en duda que tal sentido exista. Nada por tanto que ver con estar enfermos por plantearse las preguntas fundamentales de la vida; más bien ocurre lo contrario, según dicen los psiquiatras: el vacio existencial puede generar diversas enfermedades mentales de gravedad e incluso no pocas veces al suicidio. No en vano, en el lenguaje ordinario, se suele hablar con razón de "un aburrimiento mortal".
Este problema se aprecia más en nuestros días, al disponer de más tiempo libre: pero —sigue diciendo Frankl— hay tiempo libre no sólo respecto de algo, sino también para algo; y el hombre existencialmente frustrado no sabe cómo o con qué llenar este tiempo. A veces, se crea una contraposición: por un lado está el tiempo dedicado al trabajo y a las obligaciones; por otro, los tiempos libres. Lo primero se soporta, y se vive como una esclavitud. En cambio, los tiempos de ocio son considerados como la verdadera vida, donde se espera la realización personal.
A veces se presenta con ocasión de la jubilación profesional normal o con mayor motivo si se trata de una jubilación forzosa anticipada ("neurosis de paro laboral"). Ese sentimiento de frustración se da si no se ha hecho una preparación adecuada para esa nueva situación de jubilación y no hay ninguna tarea que sustituya al anterior trabajo profesional: todos y siempre necesitamos un objetivo que cumplir en la vida, y tareas no faltan. Conozco a un médico que me decía que ahora, después de haberse jubilado, tiene casi más trabajo que antes, aunquue sea de otro tipo: se ha propuesto escribir varios libros, dedica bastante tiempo a visitar enfermos —conocidos, o que se encuentran solos en el hospital—, hace de abuelo-canguro, etc.

También se puede dar, y de hecho se da, una neurosis de fin de semana: es esa especie de depresión que acomete a bastantes personas que se hacen conscientes de su vacio existencial al llegar el fin de semana y no estar ocupados con el trabajo ordinario. Muchos "ejecutivos" tienen mucha "presión de agenda" durante la semana, sin apenas tiempo para respirar, ni mucho menos para dedicarse a sus familias; parece que el fin de semana será la solución, pero no es así, porque en muchos casos lo que se pone de manifiesto es que ese activismo laboral era una tapadera del vacio interior..., del aburrimiento vital que sale a flote cuando hay más sosiego exterior. Frankl de nuevo: Cuanto más desconoce el hombre el objetivo de su vida, más trepidante ritmo da a esa vida. Y así surge la necesidad de llenar el fin de semana de actividades que eviten el quedarse uno consigo mismo, con angustia de vacío.
De manera que intentamos llenar nuestros vacíos existenciales con “cosas”, con "actividades", que aunque producen algo de satisfacción, no resuelven el vacío: podemos intentar llenar nuestras vidas con placer, o podemos llenar nuestras vidas con más trabajo, o con la velocidad excesiva, o conduciendo con los ojos cerrados -como el protagonista aburrido de una reciente novela americana-, o con el "puenting" o con otros planes diversos que segreguen abundante adrenalina, etc.
Ante la creciente demanda, la industria ha reaccionado proponiendo nuevas ofertas (turismo, juego, deporte, espectáculos), a lo que hay que añadir las posibilidades inmensas y todavía apenas exploradas de la realidad virtual (videojuegos). Las medias de consumo de televisión oscilan entre tres y cinco horas diarias en los países industrializados. Además del efecto de irrealidad (acostumbrarse a vivir en un contexto irreal), todos los entretenimientos tienden necesariamente a un rendimiento decreciente y acaban cansando. Esto provoca la búsqueda de emociones más fuertes, especialmente entre los jóvenes y tiene también efectos negativos: aumento de "Kamikazes" y juegos de riesgo, evasión dura (nuevas drogas) y opciones radicales, que son más emocionantes que las normales. Frente a la oferta de evasiones, la vida cotidiana y normal puede parecer anodina y sin interés.
El aburrimiento, síntoma del vacío existencial, se ha convertido en la enfermedad colectiva de la cultura occidental, porque no tiene respuestas sobre el sentido de la libertad. Nunca ha existido, para tanta gente, un espacio tan amplio para el ejercicio de su libertad en el empleo concreto de su tiempo. Pero esto reclama criterios sobre el sentido de la libertad y la sociedad contemporánea no puede darlos porque no quiere tener una respuesta sobre el sentido de la vida humana. En cierto modo, piensa que, si una persona admite una respuesta a esa pregunta, se limitaría su libertad; pero la realidad es que lo que ocurre es que al eludir esa cuestión vital se entra en un círculo vicioso que conduce, como vemos, al vacio existencial y al ser para la nada...
En medio de una cultura de la abundancia, cada vez más preocupada por la salud y por el cultivo de lo corporal (ejercicio físico, deporte) para mantenerse en forma, prolongar la vida y conseguir un cuerpo bello, hay que recordar que el espíritu también necesita ejercicio para mantenerse sano. Sin ascética no hay virtud, y sin virtud, no hay libertad.
El amor entendido no como egoísmo sino como entrega, es la respuesta cristiana al sentido de la libertad. Es también la respuesta al malestar de la sociedad de consumo, al aburrimiento vital, que no sabe emplear las propias capacidades. La persona humana se realiza a través de su trabajo cuando lo entiende como un servicio a los demás; y se realiza en el ocio, cuando lo entiende como el descanso necesario y ocasión de dedicarse a la contemplación y a la relación con los demás. Y cuando le sobran capacidades o el aburrimiento amenaza, la propuesta cristiana no es la evasión, sino la entrega de esas energías a tantas tareas que lo merecen.
Dinámica diversión-aburrimiento, pero a un nivel existencial profundo. En los tira y afloja entre padres e hijos, cuando éstos comienzan a plantear la necesidad de volver a casa con el alba o a altas horas de la madrugada, si los padres se atreven a inquirir el porqué de semejante exigencia, el hijo o la hija, aburridos a causa de su repliegue sobre sí mismos, responderán de manera casi mecánica: porque «tengo derecho a divertirme". Y el padre o la madre apenas si encontrarán nada que oponer, porque quizás también ellos lo consideran como uno de sus derechos básicos, cuando no como meta principal de su vida.El hombre contemporáneo teme por encima de todo quedarse a solas consigo mismo. "Por eso -dice un autor contemporáneo- cuando sale de la fábrica o de la Facultad o del despacho no busca sino algo que «hacer»: se hunde en la algarabía de un bar superpoblado, o de una discoteca, y un poco más tarde, al llegar a casa, se deja arrullar por el televisor… para acabar yéndose a dormir entre las ondas de la cadena radiofónica favorita. Incluso en el coche tiene miedo de quedarse demasiado solo y se apresura a encender la radio o echa mano del móvil. Y cuanto más vehemente el vacío, mayor la cantidad de ocupaciones en las que se refugia para no tener tiempo de pensar."
Enlaces de interés para ampliar sobre esta cuestión:
psicología-online
elcaminante.org
arvo.net
Para completar estas reflexiones, reproducimos a continuación un interesante artículo de Rafael Alvira, catedrático de Filosofía, que fue publicado en el nº 5 de la revista Humanitas
por Rafael Alvira
Hay un hecho notable. Las grandes desgracias de la historia, guerras, hambres, epidemias, no dejan ningún lugar al aburrimiento. En cualquier peligro que se esté, en cualquier agobio que se sufra, todas las energías están movilizadas para vencer la adversidad. Sin tener que preguntarse nada, cada uno conoce claramente el fin de su acción y la razón de su esfuerzo. El porvenir asedia al presente. En esa terrible urgencia casi se olvida que se vive, de tanto vivir ardientemente.
Aparece así que vivir no llega a ser problema más que cuando ya no es problemático vivir. Sólo cuando se está liberado de las necesidades de la vida uno se descubre dominado por lo que la vida tiene de contingente: entonces aparece el aburrimiento. ¿Qué hacer de la vida, cuando el vivir ya no depende más que de uno mismo?
Es Nicolás Grimaldi el que nos ayuda a encuadrar con estas palabras las consideraciones que quiero presentar a continuación. Un poco más adelante, en su trabajo titulado “Ennui et modernicé” (“Cahiers de la société ligérienne de Philosophie”, Tours, 1978, pp. 42-43), nos dice que “en su Histoire de France, Michelet sitúa hacia finales del siglo XV el primer ataque de aburrimiento, y que todas las biografías de los duques de Borgoña nos muestran cómo rompen imprevisiblemente sus placeres y sus reuniones para recluirse extrañamente en la melancolía”.
Y todavía añade que, unos siglos después, ya en el XIX, “a pesar de la cautivante exhortación del señor Guizot (Primer Ministro) a enriquecerse, de todas partes iba a elevarse hacia (el rey) Luis-Felipe (de Orleáns) una insistente y punzante voz que, finalmente, acabaría por destronarle: Sire, la France s'ennuie. “Señor, Francia se aburre” (p. 45).
Estas pinceladas dibujan, incipiente pero clara y profundamente, algunos de los rasgos característicos de una enfermedad que es tanto más seria cuanto que no lo parece: el aburrimiento.
Cuando en la vida ya no hay problemas, es la vida misma la que se convierte en problema: ¿Qué hacer hoy? Tenemos, está a nuestra disposición, algo decisivo -el tiempo- que no queremos o no sabemos usar. Ahora bien, como el tiempo pasa, de hecho, no usarlo es un dispendio, una forma de “exceso” existencial. Por eso, tradicionalmente el aburrimiento se considera enfermedad de rico. Es Montesquieu el que nos lo dice: “Todos los príncipes se aburren: prueba de ello, es que se van a la caza”. Y Rousseau, en el Emilio, apostrofa: “El pueblo no se aburre: conduce una vida activa”. Por el contrario, “el gran azote de los ricos es el aburrimiento. En medio de muchas costosas diversiones, rodeados de tanta gente que se ocupa de hacerles la vida agradable, se aburren hasta la muerte”. (Emile, ou de I'éducation, IV libre, p. 438, ed. Richard).
Pero no es sólo el crecimiento de la riqueza el causante del problema. Los antiguos griegos conocían bien la “anía”, los latinos el “taedium”, y también los medievales desarrollaron una cuidadosa y profunda teoría acerca de él. Con todo, el aburrimiento es un fenómeno -como bien nos muestra Grimaldi- que se agudiza en los últimos siglos. Y, a mi juicio, la explicación está en que, en ellos, no sólo aumenta la riqueza, sino que, con el crecer de ella y de la instrucción, se disparan las posibilidades, los mundos posibles e imaginarios, pero no se desarrolla al mismo tiempo el arte supremo y más sencillo -es decir, más difícil- del espíritu, a saber, el diálogo.
Que precisamente la gente más instruida, ya que no educada, es la más capaz de aburrirse lo vio bien Nietzsche: “Los animales más finos y más activos son los primeros capaces de aburrimiento”, apunta. Y ello porque están más despiertos para lanzarse a muchos mundos posibles que buscamos poseer pero que, una vez alcanzados, nos decepcionan.
Antes, A. Schopenhauer había repetido, en los Parerga y Paralipomena, el aforismo antiguo romano: “al pueblo, pan y circo”: El pan simboliza el objeto de los deseos de la gente. Una vez alcanzados, hay que darles el circo para que no se aburran. ¿Son la televisión o las discotecas el circo? En cualquier caso, lo que sugiere Nietzsche es que el aburrimiento popular es trivial y, por ello -así hubiera dicho Kierkegaard-, más grave, más difícil de curar. Algo parecido sucede con el aburrimiento juvenil: no es agudo, y a veces se sabe esconder bien, con la diversión y la actividad trepidante. Pero es tanto más serio cuanto menos se toma en serio.
La tesis que voy a sostener brevemente acerca del problema que nos ocupa -es ya el momento de decirlo- se expresa en el título de este escrito: el aburrimiento es una muerte social, y su causa una insuficiencia filosófica.
Generalmente se suele decir que se trata de una cierta muerte personal, una tristeza o tedio, pero espero mostrar que aquí se ve muy bien la verdad de la idea según la cual el hombre es un ser social, de manera que su muerte en cuanto persona (y no física) es idéntica con la muerte de la sociedad. Y la persona, en cuanto persona, muere de hecho exactamente por lo mismo que muere la sociedad: por la desaparición del diálogo.
Ahora bien, el diálogo -como bien ha visto, por ejemplo, M. Heidegger- no es lo mismo que el parloteo o la verborrea. Dialogar -como ya he señalado- es un arte muy difícil, por su sencillez: su realización es el ejercicio mismo de la filosofía. Por eso, lo que quiero decir aquí se puede expresar también de la siguiente manera: alguien se aburre porque su filosofía se encuentra bajo mínimos.
Muchos responderán, en este momento, que es más bien por culpa de la filosofía por lo que nos aburrimos. Pero no, aquí la filosofía podría bien decir, como la vieja canción, “yo no soy esa que tú te imaginas”, o que te han hecho creer que soy.
El que se aburre es alguien que rechaza, es decir, un crítico en un cierto sentido de esta palabra. Aburrirse significa no aceptar: abhorrere, aborrecer, o, en otras lenguas, in-odiare (ennui, noia, annoyance). Aburrirse es, así, no interesarse, no practicar el inter-esse, no estar metido dentro. Inicialmente, pues, y ese era el sentido clásico, el aburrimiento iba dirigido hacia fuera, a objetos, a personas. El problema está en que, tanto más los rechazamos, tanto más nos quedamos solos, con nosotros mismos, solos con nuestra propia vida. Pero hay dos soledades: la activa y la pasiva. La primera es sólo aparente: me separo momentáneamente para ponderar y calibrar aquello en lo que estoy interesado, aquello que me gusta. La segunda es la propia del aburrido y muestra un rasgo muy característico -aunque no aparente- de él, a saber, la debilidad. El aburrimiento es una forma de debilidad, como la melancolía romántica, que se diferencia de él sólo en que esta última pone en juego la imaginación. La imaginación del pasado -nostálgica- o la de un futuro que no es dibujo de un proyecto práctico, son muestras de huida de la dureza de lo real. Pero, ¿hacia dónde huir, entonces? No queda más que un sitio: hacia mí mismo.
Aparece así el yo particular, en el romanticismo en forma de tragedia interior, y en el aburrimiento en forma de percepción pura del tiempo. El aburrido es el que percibe el pasar del tiempo, en cuanto tal, como un vacío. Es la experiencia pura del tiempo, un tiempo que carece de cualidad, de color, sonido y sabor. Salta a la vista, pues, que lo que une al romántico y al aburrido -en sus diferentes modos de ser- es la inquietante presencia interior de la negación, del vacío, de la nada. Se trata de una estrechez o angostura -angustia- propia de la falta de recursos. Uno de los primeros que la tematizó en la Europa moderna fue Pascal, como es sabido. Pascal define el aburrimiento como “vivencia de la nada del ser”, y dice -no muy bien, a mi juicio- que pertenece a “la condition de I'homme”.
Después de él -y quizá más a fondo que él- ha sido Kierkegaard el autor que más brillantemente ha profundizado en esta idea. Lo aburrido es lo vacío y carente de contenido, dice en El concepto de ironía (XIII, 386, La ironía según Fichte, final), y “una continuidad en la nada”. Es “una eternidad sin contenido, una felicidad sin gusto, una profundidad superficial, un hartazgo hambriento...”.
Si al rechazar lo otro no me encuentro a mí mismo, sino que me encuentro con el vacío, eso quiere decir que para encontrarme a mí mismo tengo que hacer justamente lo contrario: aceptar lo otro, o el otro, interesarme, tomarme en serio lo otro. Pero, para poder hacerlo debo llevar a cabo un trabajo, un verdadero trabajo, muy sencillo, o sea, muy difícil: cambiar el lugar de la negación. Si antes negaba, rechazaba, lo de fuera, ponía la negación más fuera (“me hastía todo”), ejercitando así el espíritu crítico en su forma más común, ahora he de poner la negación dentro, he de negarme a mí mismo, pues esa es la condición imprescindible para aceptar al otro. En la medida en que esa negación se suele llamar humildad, es también la causa de la maduración, de la madurez. El perpetuo crítico es -como es bien sabido- el perpetuo inmaduro.
Sólo si te vacías interiormente lo otro se destaca en su ser, en su existir ante ti. Aquí entramos en el punto más difícil. ¿Por qué nos aburrimos? Porque deseamos algo que pudiera llenar nuestras aspiraciones, nos diera la paz, el entretenimiento, la aventura feliz y perpetua, y todo ello en plenitud y sin esfuerzo. Pero, de antemano sabemos -en el fondo de nuestro corazón- que eso no es posible. Entonces nos dejamos caer, nos deprimimos, nos ponemos melancólicos, nos aburrimos. Ante este problema, ante la cantidad de veces que el deseo nos muestra su engaño o su futilidad, muchos han pensado que la culpa del aburrimiento es precisamente el deseo, y que, por ello, tendríamos que suprimirlo. Así, el budismo Zen o Schopenhauer.
Pero no me parece correcto. Es otra forma de cobardía. La valentía está en aprender a desear correctamente. Querer lo que podemos desear y desear lo que podemos querer.
Para saber qué y cómo debemos desear, no tenemos que suprimir el deseo, sino suspenderlo momentáneamente. Se trata de una tarea que requiere esfuerzo y valentía, porque al principio yo soy mis deseos, mi yo está aparentemente identificado con ellos. (“Quiero esto o lo otro”). Pero debo olvidar ese yo para que el otro se destaque ante mí, no como me lo imagino, sino como es. En nuestros días, ha sido Robert Spaemann (en Glück und Wohlwollen) quizá el que mejor lo ha dicho: sólo si pensamos que el otro es un cierto absoluto, una cierta realidad exístencial podemos tomarnos en serio la relación con él.
Es decir: podemos y debemos ironizar sobre los sucesos de este mundo, y también sobre nuestros deseos, pero no podemos ironizar sobre la persona, ni mía ni del otro.
Ahora bien, ¿qué significa aceptar a otro como absoluto y, sin embargo, relacionarme con él? Significa dialogar.
Vemos así que el diálogo tiene su origen en el esfuerzo de autonegación y en el esfuerzo de dejarse maravillar por la realidad del otro ser. Es verdad que “en la variedad está el gusto”, pero eso es sólo una parte de la verdad. La parte accidental. El mayor gusto se obtiene en la constancia, en la repetición, por el fruto que ella trae.
En un texto que Christoph Kuffner, autor vienés, escribe para Beethoven, y que éste colocó en su maravillosa Fantasía coral (op. 80), se lee: “Wenn sich Lieb’ und Kraft vermählen, lohnt dem Menschen Götter-Gunst”, es decir, “Cuando se unen el amor y la fuerza, el favor divino recompensa al hombre”.
El amor y la fuerza dan lugar a la palabra en el diálogo: tengo algo que decir, porque me he vencido -la fuerza de negarme y me he llenado de lo otro o del otro, que me entusiasma. Así, puedo responder. Ese responder es un activo dar a luz en la verdad. Es una novedad, una ocurrencia, pero no caprichosa, sino originada por el encuentro con lo real, con el ser del otro. En cuanto a la filosofía es el ejercicio del espíritu que me entrena para ver el ser, lo real, la filosofía es el instrumento universal básico para el diálogo, es decir, para la existencia de la sociedad, o sea, de la persona.
El ordenador es el instrumento universal básico para la información, o sea, para el poder, pues la información es poder. Pero la filosofía lo es para la sociedad, es decir, para la humanidad, para que el hombre sea hombre.
Vemos, pues, que no hay interioridad real sin el descubrimiento de la exterioridad real y su aceptación. El melancólico y el aburrido toman la pura apariencia, no se atreven con el peso de lo real, porque tienen mucho sentimiento, pero les falta amor.Según el famoso dicho de San Juan apóstol, en el amor no hay temor. Y tampoco hay soledad. Si bien es cierto que la unión completa no es posible en este mundo, son el diálogo y la esperanza los que convierten definitivamente el regalo, el don, en algo verdadero y, aunque no pueden quitar todo encerramiento accidental, apartan, sin embargo, toda soledad esencial.
Así, y para terminar, vemos que dejar de lado el aburrimiento significa abandonar todas esas secuelas suyas tan típicas y tan magistralmente descritas por Tomás de Aquino: evagatio mentis, verbositas, curiositas (afán inmoderado de novedades), importunitas (dispersión), inquietudo, instabilitas loci vel propositi.
Además, el torpor, o embotada indiferencia ante lo grande, la pusillanimitas, o espíritu pequeño, la maldad o la desesperación. En realidad, el aburrimiento es una desesperación encubierta.
Para no aburrirse, en suma, hay que seguir los tres pasos adecuados de toda vida, sea profesional, deportiva, familiar, religiosa, etc. Antes de nada, hay un primer deseo que despierta nuestra atención. Pero enseguida vemos que lo deseado no nos llena, que su apariencia era engañosa en parte. Si por debilidad, debida a la excesiva juventud o al descuido -el descuido nos hace dejar de lado el entrenamiento que fortalece-, abandonamos el interés por lo deseado -ya que nos frustró-, caemos primero en el aburrimiento, y luego en la desesperación quizá.
Pero si, tras el primer deseo, ponemos la constancia, entonces realizamos el segundo momento: la studiositas. El esfuerzo del estudio, que -como el origen latino de la palabra indica- significa mirar algo con amor.
El que tiene deseo y añade estudio, el que tiene buena disposición y con esfuerzo adquiere escuela, oficio, ese está en condiciones de recibir el favor divino, de llegar al tercer momento: descubre infinitas novedades -tras pasar por la autonegación del estudio- en aquello que primero sólo era el brillo fugaz de un deseo inicial.
Consigue así, gracias a una filosofía verdadera, es decir, que se demuestra en la vida, y que es, por tanto, también práctica -filosofía práctica-, un diálogo, que le da la alegría permanente. No superamos de verdad el aburrimiento por la excitación de la guerra -que es una pseudofiesta-, ni por el frenesí -con eso sólo conseguimos un mal olvido-, sino por la verdadera fiesta del espíritu: estar con Dios, los hombres y la creación entera.
Depresiones y psicoanálisis. Insuficiencia, cobardía moral, fatiga, aburrimiento, dolor de existir / Emilio Vaschetto (comp.)
Presentación de Ricardo Seldes*El libro que hoy presentamos, en Buenos Aires, comienza con una advertencia, la de no despreciar el término depresión ya que se trata de un significante que tiene toda su eficacia en el plano social; y finaliza con la explicitación de esta advertencia cuando Germán García en el diálogo con Emilio Vaschetto plantea de un modo pragmático, que los términos que socialmente se usan, sirven para que la gente se reconozca y haga la consulta. Decir depresión no implica un diagnostico, pero el hecho de que se lo convierta en un medio para que alguien sea solamente medicado eso complica las cosas.
Interrogar ese estado quizás de alguna posibilidad de que algo diferente suceda.
Por qué importan esta advertencia y la consecuencia de ella. Esto es lo que encontraremos en el libro que tiene un corto, cortísimo título Depresiones aunque se lo adosa al psicoanálisis y con razón, aunque lo interesante es su subtítulo insuficiencia, cobardía moral, fatiga, aburrimiento, dolor de existir. Términos que hay que encontrar en la lectura, aparecen, algunos en forma más desarrollada que otros, están en una filigrana que nos regala Vaschetto en el modo en el que ha unido estos 8 textos y un diálogo como antes he dicho.
En el texto de apertura de Emilio está prefigurado lo que aparece como desarrollo en la entrevista cuando opone, y debe hacerlo por supuesto, el término depresión al de felicidad, bajo la forma de la exigencia occidental de felicidad, un dato que Bertrand Russell encarna en su texto The Conquest of happiness. La fatiga, uno de los capítulos del libro de Russell, es un término que indica perfectamente el obstáculo más grave para la felicidad. La fatiga es causada esencialmente por el miedo en todas sus variedades, idea nada desdeñable para un texto escrito en el siglo pasado en el período de entreguerras. Nuestra idea hoy de la sociedad de riesgo, de la urgencia generalizada apuntan esencialmente al producto de la inseguridad y el pánico sociales. En sus términos Russell dice que uno de los peores aspectos de la fatiga nerviosa es que actúa como una especie de cortina que separa al hombre del mundo exterior, lo que en la enseñanza de Lacan se ha pasado como el problema de aquel que al detenerse en la demanda dirigida al Otro queda en suspenso. Queda sin autentificarse, sin valor en su subjetividad. Lo que para Enric Berenger, la depresión nos enseña, es lo que a nosotros nos han enseñado las urgencias subjetivas, la responsabilidad y la decisión que van contra el arquetipo actual del alma bella, pobre víctima de sus exigencias pulsionales. Una idea muy clara de Russell para el tratamiento de la fatiga es la idea del "valor" ahora en el sentido del coraje, es algo de lo que los ingleses saben. Ese saber nos lleva a la cobardía moral. Como dice Emilio la cobardía moral del neurótico se manifiesta como depresión y su contracara se hace patente en el rechazo del inconciente en las psicosis.
Quizás el aspecto más orientativo se nos muestre en el punto en el que Vaschetto señala que la pluralidad de los nombres sobre los cuales se yergue la depresión es una respuesta a la época de la indiferenciación clínica. No está mal tenerlo a tiro para retirarle, con cuidado, la mordaza al síntoma, a la dimensión del sujeto cuando los estados verdaderos que aquejaron por 25 siglos a la humanidad, y que apuntaban a lo real del vacío definitorio de los seres parlantes, se transforman en simples trastornos hormonales.
En este libro vamos a encontrar una gama interesante de principios de acción que desde la psiquiatría y el importante desarrollo de la depresión y la melancolía durante el siglo 19, Juan Carlos Stagnaro armado de una lupa y una pluma, nos enseña cómo puede realizarse una investigación seria desde Philippe Pinel y su genial percepción de la alienación mental para permitirle distinguirla de cualquier desviación jurídica o ética de la conducta. Esquirol, Goerget, Guislain, autor de las primeras taxonomías de la melancolía en la psiquiatría moderna, para llegar a Wilhelm Griesinger quien crea la denominación de Psicosis única e inaugura una nueva etapa en la psiquiatría alemana. Griesinger diferencia la locura curable y la incurable. Marcará la distancia entre las formas de la melancolía, de la manía y de la monomanía exaltada de las locuras sistematizadas, la demencia parcial y la general. El texto de Stagnaro continúa con el estudio de las ciclotimia de Kahlbaum y finaliza con otros autores entre ellos el recordado Kraepelin quien afirmaba la unidad clínica de la locura maníaco depresiva. La lectura de esta investigación debe realizarse junto con la de Matusevich, que se ocupó a continuación de la depresión en el siglo XX, y ha hecho un impresionante estudio acerca del Manual Diagnostico y estadístico de las enfermedades mentales, los famosos DSM 1, 2, 3, 3R y 4. Matusevich concluye que el diagnostico y clasificación de un paciente revela no solo el universo simbólico o la estructura mental del profesional que diagnostica sino que delimita un campo de acción autorizado, definiendo la "carrera moral" futura del paciente mental. Y rematará esta fuerte posición ética de la psiquiatría con otra advertencia: la utilización de árboles de decisión, la multiaxialidad, el uso de escalas de evaluación y cuestionarios estructurados que limitan la iniciativa por parte del clínico en la caracterización de las depresiones, no debe hacer que se desnaturalice el encuentro singular que constituye la relación medico paciente y que es el corazón de cualquier proceso terapéutico.
Puedo asegurarles que la lectura de este libro los conducirá a muchas experiencias, no puedo anticiparme a las variaciones singulares del goce de su recorrido, pero entre ellas hay una que queda descartada por definición: ustedes no se aburrirán ni un minuto. Hay algo en la transmisión de este modo de concebir un texto que es un armado de una serie de textos, que produce el efecto de una sinfonía.
Cuando Lacan se refirió al aburrimiento, planteó que a nivel de las enseñanzas, es esencial que quien desee hacer una transmisión tenga el arte de interesar a su auditorio. Por supuesto que eso también depende del auditorio del que se trate. La declinación de la idea del conflicto que ha intentado sortear la falta en ser, propia del sujeto y que lo lleva por la vía del deseo, sigue siendo la terapéutica mayor para el otro modo de presentarse las llamadas depresiones: el aburrimiento.
Lo cual nos conduce a formular una primera impresión, y es que el estado de aburrimiento se produce en un sujeto cuando deja de ser apto para la sorpresa, para el asombro, cuando su deseo queda aplastado en la percepción dolorosa de la repetición, en la monótona significación de su fantasma, o narcotizado en la ritualizacion que le exigen sus prejuicios.
Con las palabras que les dirijo más las de mi compañera y ahora amiga Graciela estamos ya preparándolos para lo que seguramente será la lectura de este fin de semana largo.
Pero volvamos por unos momentos más al libro. Imperdibles los enunciados de nuestros colegas de Francia François y Rokaya Sauvagnat quienes nos enseñan sobe las Psicosis maníaco depresivas y el de Jean Garrabé sobre la melancolía en la psiquiatría romántica francesa.
El capítulo de la ética se las trae. Dos textos y una conversación. El de Gustavo Stiglitz depresión angustia y medicamento, genial en tanto apunta a cuestionar el uso indiscriminado del término depresión, el que dice todo del paciente y nada del sujeto. Y una ejemplificación clínica que es un hallazgo para ilustrar los avatares del encuentro entre el malestar depresivo, el medicamento y el psicoanalista. Un trío que es para nosotros hoy un problema si no lo reemplazamos por el de el malestar depresivo, el psiquiatra y el psicoanalista. Un trío más riguroso y eficaz.
El texto de Alvarez y Eiras, sobre la transmutación de la melancolía en depresión y algunas de sus consecuencias, muestran cómo la medicalización de la tristeza acarreó una devaluación de la responsabilidad subjetiva. Apuntamos a la construcción del síntoma analítico, dicen con claridad y contra cualquier prejuicio. Toman a la melancolía no como un déficit sino como causa y objeto de la sabiduría del la antigüedad y el renacimiento. Lamentan por otra parte el eclipse de la melancolía para dejar paso a la construcción de la enfermedad maniaco depresiva, ya que al reducirse el espectro nosográfico de la misma, los frecuentes estados de dolor moral, desánimo y pesar comenzaron a reclamar otras nomenclaturas taxonómicas. Ha sido en la medicalización del pathos donde comenzó a emplearse el termino depresión o depresión mental produciéndose con ello una ruptura epistemológica con lo precedente.
Su tesis es que el auge alcanzado por las depresiones en el mundo actual depende de la relación del sujeto con el empuje superyoico, presentificado por el bienestar exigido, el capitalismo y la ciencia. Cuanto mas aumentan las promesas de felicidad, cuanto más se empeña la ciencia en eliminar el dolor moral y cuantos mas objetos pone el capitalismo al alcance de nuestras manos, mayor es la falta en ser que aflige al sujeto contemporáneo. Podemos decir que es exceso para el que los tiene y dolor y rabia para el que no los consigue. Hay una intolerancia evidente a la tristeza, una clara manifestación del rechazo a convivir con la falta. Es verdad, rematarán, que para nuestros antepasados la tristeza era morbosa cuando se hacia de ella una pasión egoísta.
El dialogo entre Germán García y Vaschetto implicaría un comentario por si. Pero más allá de lo que ya comenté quiero agregar el uso que ellos hacen de una conversación clínica, que desde la ética plantea la política. Yo me permito decir que es el deseo el que prevalece en las diferentes opciones que hay de poner una por encima de las otras. German es claro cuando dice que el sujeto que cede a su deseo por el goce se deprime. Por eso al deseo hay que situarlo en una articulación del lenguaje con el cuerpo, la versión cobardía moral de la neurosis y en su perseveración del humor para la psicosis. Es fundamental entonces captar la teoría del objeto que subyace a la depresión y a la melancolía.
Un capítulo aparte merecería ubicar la cuestión de la manía, en tanto supone que la cadena significante se puede despegar del peso del objeto. La gran pregunta a responder es ¿por donde entran a jugar los sftes amo? Un grafico señala desde el S1 un camino que llega al objeto a en la melancolía y otro que pone al significante del saber, el s2 en el lado de la manía. Propone tomar en cuenta el cuerpo libidinal para entender este esquema.
Salteare una historia muy graciosa acerca de un tipo extenuado, con estrés a quien le recomiendan la terapia del aburrimiento que comenté hace unos años en la apertura de unas jornadas de la eol sobre las incidencias memorables de la cura analítica. Sin embargo en el mismo sentido quiero concluir con la reflexión que me permitió hacer la lectura de las referencias en este libro, a la melancolía trabajada por filósofos, la de los artistas plásticos, Durero Goya, por ejemplo o Burton y Borges en las letras.
Y como me gusta especialmente señalar las faltas, quiero hacer una mención a algo que ha faltado en diferentes recopilaciones, especialmente la de Breton. Me refiero a lo que tiene ver con el humor negro español. Es muy curiosos como personas de reconocido humor como Gracián o Quevedo no han sido incluidos en un género que, proponemos, permite un tratamiento novedoso y exquisito para la depresión. Como dice Cristóbal Serra un catedrático mallorquín, Quevedo ha pasado entre el pueblo por un vulgar chascarrillero y por un bufón escatológico, cuando lo cierto es que escribió libros que tienen temblor de Apocalipsis y que son probablemente los mas tremebundos de toda la literatura española. Quevedo con su fondo melancólico, fue un hombre de gafas ahumadas que siempre vio la vida con colores sombríos. quizás se deba a una infeliz niñez porque el fondo de amargura se advierte siempre en su psicología de genio atravesado. Nacido patizambo, superará su inferioridad haciendo burla de si mismo y mofándose de todo. Hasta lo religioso que merecía su veneración, fue blanco de su escarnio. Hombre mal avenido consigo mismo y desavenido con el orden social que le tocó vivir, Quevedo nos da la impresión de el malhumor y el amarguismo fueron en él permanentes. Concluye Serra diciendo Quevedo es el mayor pesimista que ha dado nuestra raza.
Decidí asumir mi responsabilidad subjetiva y para no deprimirlos en este momento de festejo y brindis, no traje nada de los Sueños de Quevedo sino un trozo magnífico de una de sus obras burlescas, anterior a las gracias y desgracias del ojo del culo: me refiero a la carta de un cornudo a otro, intitulada el siglo del cuerno.
Tenemos el caso presente del marido de la ahorcada hace pocos días en Río Cuarto que, como ha dicho un periodista por TV, con el mismo llamado telefónico se enteró que era viudo y cornudo. Algunos dicen que uno de esos estados del ser, viudo y cornudo, tiene que ver con el otro. No sabemos bien en que orden. Por lo menos creemos que el cornudo desea de inmediato ser viudo. O puede caer en una incomparable depresión.
Pero Quevedo no tiene esa idea. Para él las cosas son un poco diferentes. Dirá que Hay oficio de tal, así como hay lencería y pescadería, hay cornudería. No sé si hallara sitio capaz para todos. ¿Cómo piensa que esta recibido esto de cornudar?
Y es un gran señor de la profesión que antes, cuando había dos cornudos, se hundía el mundo,(una clara referencia a la depresión en la época de Quevedo), pero ahora que no hay hombre bajo que no se meta a cornudo, que es vergüenza que lo sea ningún hombre de bien, que es oficio que si el mundo anduviera como había de andar se había de llevar por oposición como cátedra y darse al mas suficiente o, por lo menos, no había de poder ser cornudo ninguno que no tuviese su carta de examen aprobada por los protocornudos y amurcones generales.
Haríanse mejor las cosas y sabrían los tales cofrades del hueso lo que habían de hacer. No hay cosa más acomodada que ser cornudo porque cabe en el marido, en el hermano, en el padre, en el amigo. Al letrado no le estorba el estudiar, antes le da lugar a la lección.
¿Cómo curaría y visitaría el médico si estuviese siempre sobre su mujer y no diese lugar al cuerno?
El da lugar a los oficiales para su trabajo y a nadie estorba. Pues en cuanto a honra ¿quién no la regala? ¿Quién no la asiente en su mesa?
Pues si miramos a el provecho de la republica , si no tuviera cornudos que hubiera de muerte o de escándalos?
Nosotros conforme a buena justicia siempre tenemos razón para ser cornudos porque si la mujer es buena, comunicarla con los próximos es caridad y si es mala es alivio propio. Casi por concluir la epístola, Quevedo le hace decir al cornudo:
En otro tiempo era menester razones, mas ya está tan negro el calificado que son acusadas las autoridades, porque aunque es verdad que en el primitivo cuerno hubo alguna incomodidad y pesadumbre, ahora está esto muy asentado porque todas las cosas han hecho mudanza y mas ahora que hay casta de cornudos, como de caballos y está tan acreditado este oficio...
Y se despide diciendo: A Nuestra mujer beso la mano en habiendo vacante.
No nos ha de asombrar, ni nos molestará que la melancolía romántica haya mudado en depresión, aburrimiento, fatiga, cobardía moral o dolor de existir. Preciosas designaciones que denotan subjetividad a producirse.
A partir de acá, y desde todos los lugares posibles combatiremos, si es posible con humor, a quienes impiden esas maravillosas invenciones que permiten convivir con la falta, esa que da lugar al deseo y de la que este libro más que muestra es demostración.Se trata en todo caso de una ética que aún nos queda por construir.
*Presentación realizada el 8 de diciembre de 2006, con la participación de Graciela Musachi y la coordinación de Leticia Acevedo, en la Librería del Marmol.
La depresión, mal de la época
Revista Ñ, Clarín
sábado 2 de junio de 2007
La depresióncreceenépocas de crisis pero también se multiplica la costumbre de diagnosticarlasinatenderlas singularidades, sostiene y acusa un trabajo realizado porpsicoanalistas.
NURIA GINIGER
La depresión pareciera haberse convertido en una de las principales psicopatologías de la actualidad. En tanto malestar emocional abre un abanico que va desde dolores corporales, melancolía, fatiga, aburrimiento hasta tristeza y que ocupa gran parte de las dolencias que llevan los pacientes al consultorio del psicólogo, psiquiatra o del psicoanalista.Desde la teoría de los humores corporales de la Antigüedad, la melancolía es objeto de análisis de los principales filósofos y estudiosos del mundo occidental. Durante veinte siglos ocupó un lugar de privilegio para los letrados, y con el advenimiento del discurso científico, se incorporó como una de las principales preocupaciones. Con la modernidad, la separación entre mente y cuerpo consolidó una perspectiva médica y otra poético-filosófica sobre la melancolía.
Las causas para unos residen en cuestiones somáticas,y para los otros son las penas, las pasiones y las preocupaciones. Hacia principios del siglo XX, Kraepelin unifica la manía y la melancolía dentro del mismo concepto, y se establece la semiótica de la depresión, que para mediados de siglo ya es considerada una enfermedad.En la actualidad,la depresión es el término que se utiliza para denominar el malestar. Suele ocurrir que cuando es tratada por la psiquiatría se receten antidepresivos que pueden exceder la necesidad del paciente. En la sociedad de consumo,“pareciera como su cuánto más aumentan las promesas de felicidad, cuanto más se empeña la ciencia en eliminar el dolor moral y cuantos más objetos pone el capitalismo al alcance de nuestras manos, mayor es aún la falta en ser que aflige al sujeto contemporáneo”.
A partir de estos problemas, Emilio Vaschetto, médico psiquiatra y psicoanalista de la Escuela de la Orientación Lacaniana,compiló Depresion y psicoanálisis. Insuficiencia, cobardía moral, fatiga, aburrimiento,dolor de existir (Gramaediciones). El objetivo fue encarar esta difusión masiva del término de presión desde tres ópticas: la clínica, la política y la ética.Desde el primer punto de vista, la depresión es un hecho clínico, con distintas gradaciones, pero cuando expresa dolor de existir, puede poner en riesgo la vida de quien la padece. La perspectiva política tiene que ver con el uso que se hace del término. El depresivo es catalogado como un individuo que no está a la altura de su época, que tiene dificultades en el trabajo. Existen estudios que vaticinan una tendencia de que las depresiones serán la principal causa de deserción laboral: hoy mismo, “aquel que no quiere ir al trabajo es depresivo”. Para Vaschetto,en la actualidad, la utilización del término depresión se asocia con la industria farmacéutica, y viene acumplir un rol de modificación de los cuerpos, de homogeneización. “¿Qué hay dentro de la depresión?
¿Fatigados?”,se pregunta Vaschetto, para quien la alegría tiene “mala prensa, ante el entusiasmo medicalizador”.Así como el término depresión está largamente divulgado, la idea de que durante los procesos de crisis sociales se masifican los casos de depresión, también. Sin embargo, Vaschetto propone que lo que está masificado es el diagnóstico de depresión, diluyendo las singularidades, ampliando elmercado de psicofármacos. Los narcóticos estabilizan sin incomodar al cuerpo, al tiempo que lo inhiben, aun en sus impulsos sexuales.Las exigencias sociales de la actualidad implican que al individuo insuficiente, que antes se denominaba neurasténico, se le suma la idea patológica de la depresión.El tercer punto de vista que aborda el libro es el ético. La ética para Lacan es la orientación a lo real, hacia lo indecible. Las depresiones no explican la historia singular de los sujetos.
El objetivo, entonces, es despejar para acceder a lo indecible. De todas formas, Vaschetto plantea que en casos graves y con dolores insoportables, los psicofármacos pueden colaborar aliviando, y así proporcionar las condiciones necesarias para el análisis.De esta forma, se expresan lo diferentes planos del significante depresión. El sentido de este libro es comprender la dimensión completa y compleja del término depresión y de su uso en la actualidad, proporcionar una elaboración cabal destinada a reintroducir las depresiones en la comunidad clínica y psicoanalítica.
sábado 2 de junio de 2007
La depresióncreceenépocas de crisis pero también se multiplica la costumbre de diagnosticarlasinatenderlas singularidades, sostiene y acusa un trabajo realizado porpsicoanalistas.
NURIA GINIGER
La depresión pareciera haberse convertido en una de las principales psicopatologías de la actualidad. En tanto malestar emocional abre un abanico que va desde dolores corporales, melancolía, fatiga, aburrimiento hasta tristeza y que ocupa gran parte de las dolencias que llevan los pacientes al consultorio del psicólogo, psiquiatra o del psicoanalista.Desde la teoría de los humores corporales de la Antigüedad, la melancolía es objeto de análisis de los principales filósofos y estudiosos del mundo occidental. Durante veinte siglos ocupó un lugar de privilegio para los letrados, y con el advenimiento del discurso científico, se incorporó como una de las principales preocupaciones. Con la modernidad, la separación entre mente y cuerpo consolidó una perspectiva médica y otra poético-filosófica sobre la melancolía.
Las causas para unos residen en cuestiones somáticas,y para los otros son las penas, las pasiones y las preocupaciones. Hacia principios del siglo XX, Kraepelin unifica la manía y la melancolía dentro del mismo concepto, y se establece la semiótica de la depresión, que para mediados de siglo ya es considerada una enfermedad.En la actualidad,la depresión es el término que se utiliza para denominar el malestar. Suele ocurrir que cuando es tratada por la psiquiatría se receten antidepresivos que pueden exceder la necesidad del paciente. En la sociedad de consumo,“pareciera como su cuánto más aumentan las promesas de felicidad, cuanto más se empeña la ciencia en eliminar el dolor moral y cuantos más objetos pone el capitalismo al alcance de nuestras manos, mayor es aún la falta en ser que aflige al sujeto contemporáneo”.
A partir de estos problemas, Emilio Vaschetto, médico psiquiatra y psicoanalista de la Escuela de la Orientación Lacaniana,compiló Depresion y psicoanálisis. Insuficiencia, cobardía moral, fatiga, aburrimiento,dolor de existir (Gramaediciones). El objetivo fue encarar esta difusión masiva del término de presión desde tres ópticas: la clínica, la política y la ética.Desde el primer punto de vista, la depresión es un hecho clínico, con distintas gradaciones, pero cuando expresa dolor de existir, puede poner en riesgo la vida de quien la padece. La perspectiva política tiene que ver con el uso que se hace del término. El depresivo es catalogado como un individuo que no está a la altura de su época, que tiene dificultades en el trabajo. Existen estudios que vaticinan una tendencia de que las depresiones serán la principal causa de deserción laboral: hoy mismo, “aquel que no quiere ir al trabajo es depresivo”. Para Vaschetto,en la actualidad, la utilización del término depresión se asocia con la industria farmacéutica, y viene acumplir un rol de modificación de los cuerpos, de homogeneización. “¿Qué hay dentro de la depresión?
¿Fatigados?”,se pregunta Vaschetto, para quien la alegría tiene “mala prensa, ante el entusiasmo medicalizador”.Así como el término depresión está largamente divulgado, la idea de que durante los procesos de crisis sociales se masifican los casos de depresión, también. Sin embargo, Vaschetto propone que lo que está masificado es el diagnóstico de depresión, diluyendo las singularidades, ampliando elmercado de psicofármacos. Los narcóticos estabilizan sin incomodar al cuerpo, al tiempo que lo inhiben, aun en sus impulsos sexuales.Las exigencias sociales de la actualidad implican que al individuo insuficiente, que antes se denominaba neurasténico, se le suma la idea patológica de la depresión.El tercer punto de vista que aborda el libro es el ético. La ética para Lacan es la orientación a lo real, hacia lo indecible. Las depresiones no explican la historia singular de los sujetos.
El objetivo, entonces, es despejar para acceder a lo indecible. De todas formas, Vaschetto plantea que en casos graves y con dolores insoportables, los psicofármacos pueden colaborar aliviando, y así proporcionar las condiciones necesarias para el análisis.De esta forma, se expresan lo diferentes planos del significante depresión. El sentido de este libro es comprender la dimensión completa y compleja del término depresión y de su uso en la actualidad, proporcionar una elaboración cabal destinada a reintroducir las depresiones en la comunidad clínica y psicoanalítica.
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